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LAS IDEAS SON ABEJAS

Estábamos tal vez en un paseo familiar de esos que hacíamos los domingos cuando la vida no pasaba de lunes a viernes, ni de ocho a cinco.


Era la primera vez que me picaba una abeja. Mi mamá me explicó ese día, mientras me consolaba en un abrazo, que cuando las abejas pican se mueren. Dejan el veneno en ti, que te retuerces de a poquitos con el ardor, y acto seguido: paran de existir.


Me tardó 15 años, quizás más, entender que con las ideas también pasa lo mismo. Ahí están: llenas, vivas, perfectas. Entonces las lanzas, la tiras como se tiran los balones que van a encajar en el centro del arco. El cliente las atrapa, alza los ojos, se sorprende. Supera el segundo de duda, la pregunta de si funcionará, se deja llevar por la emoción creativa y dice: “Sí, me gusta”. Y, acto seguido, la idea que era la protagonista absoluta de cada segundo de esa escena, para de existir. No podrá nunca más recorrer otros jardines, ni conocer otras praderas. Su camino acaba ahí. Ha encontrado por fin su hogar que también es su sentencia.


Llega el cliente de las ocho: tiene una marca de zapatos, quiere interactuar más, se siente monótono. Entonces nace una idea: "qué tal si creamos una sección, qué tal si la llamamos el zapato de la suerte, qué tal si la volvemos un concurso". Les gusta. Aprueban. Muere. Entra el de las 10: diseñan espacios, sienten que lo suyo no son las palabras. "Qué tal si hacemos nuestras propias definiciones", digo. Les gusta. Aprueban. Muere. Almuerzo. Entra el de las dos: venden apartamentos, no saben qué información quiere su cliente. "Un mapa de preguntas, -propongo- , armemos un mapa y creamos contenido con cada respuesta". Les gusta. Aprueban. Muere.


Y así cada dos horas, todos los días.


Es tremendo ese ritmo, ese constante nacer y morir. Pero más que tremendo se me hace sabio. Es, creo, una lección eterna sobre el desapego, sobre el disfrute necesario del instante, sobre la importancia de estar siempre en movimiento.




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